Judita no duerme en el hotel ni en los carromatos con la otra gente del circo. Tiene un viejo y enorme Alfa Romero de cuarta meno al que lleva enganchada una vieja roulotte. Aquella noche, después del espectáculo estaba en su roulotte abriendo una lata de sardinas y se disponía a tomar algo antes de irse a dormirse.
-¿Estaba sola?
Sí. No tiene amigos. Hace su trabajo y luego se encierra en la roulotte, o da un paseo pero a los colegas sólo los saluda.
- Pero tendrá un novio, un amigo; a juzgar por la fotografía es más bien guapa: una chica así simpre tiene alguien.
- No, no tenía a nadie; ni novio ni amigo.
- Y, dime, ¿Cómo lo sabes con tanta seguridad?
- Porque nunca la vieron con ningún hombre y poque sus colegas sabían que había una razón para eso: no le gustaban los hombres.
- ¿Qué quieres decir? Explícate claramente.
- Quiero decir lo que has comprendido de sobra. Parece que tiene una amiga en Austria: sabemos solamente su nombre, no el apellido. Gertrudis. Parece que en Linz, a orillas del Danubio. Es la única persona a quien Judita fracuenta desde hace muchos años. Por lo demás saluda y sonrie a sus compañeros de trabajo, pero nada más.
- Un tipo más bien insólito.
- Una mujer que maneja una Garand como ella es forzosamente insólita.
- De manera que aquella noche estaba abriendo una lata de sardinas en su roulotte.
Sí, señor. Estaba abriendo una lata de sardinas cuando los tres hermanos Brioschi, forzando fácilmente, con un codazo y un empujón la frágil puerta de la reulotte, entraron y le dieron la buenas noches.
-¿Quiénes son los hermanos Brioschi?
- Diría "quiénes fueron".
- De acuerdo, ¿quiénes fueron?
- Eraan tres gemelos de la ciudad. Gorgonzola es pequeña, tres jovenzuelos matemáticamente iguales, más que las Kessler, perqueñajos pero vigorosos. se notan en seguida, e incluso una extranjera los nota. Hacía ya doce días que el cierco Rhein estaba en Gogonzola y Judita Maltzer tenía la costumbre de tomarse un "capuchino" en el café de la plaza y los tres hermanos Brioschi estaban siempres allí haciendo el memo cuando ella estaba, diciendo cosas cuyo grosero significado ella, sabidndo suficientemente el italiano, comprendía muy bien.
-¿Y ella?
- Cambió de café. Pero ellos fueron a buscarla al nuevo; la esperaron cerca del circo y le expusieron sus intenciones claramente.
-¡A saber cómo respondería perteneciendo a otra escuela¡ Es como perdierle a un gato que haga de buceador.
- Respondíó cortésmente; compredía bien a los hombres y, aunque se trataba de una simpatía que ella no compartía, les rogó amablemente que la dejaran en paz, porque tenía novio en Berlín
- Y ellos?
- Uno de los hermanos Brioschi le dijo: Escucha, cosaca, tú eres una....", y claramente pronunció el nombre que termina como un postre genérico vegetal, "nada de novio en Berlín, y si aquí está con todos tienes que estar también con nosotros, somos los más guapos del lugar"
- Y ella ¿qué hizo?
- Nada, se alejó sin prestar atenció a las palabrotas que le decían. Era extranjera y para trabajar necesitaba el permiso de la policía; sabía que si reaccionaba sería incómodo y desagradable para ella, una mujer.
- Entonces quiere decir que reflexionó, que es juiciosa.
- También los tigres relexionan y son juiciososo, pero es mejor no irritarlos.
- Es cierto. Entonces estaba abriendo la lata de sardinas cuando llegaron los tres gemelos Brioschi. ¿Y despés?
- Ella los miró, y no había que ser muy inteligente para compreder lo que había ido a hacer. Incluso para una mujer que pertenece a la escuela justa, la violencia de tres hombres vulgares odiosos da asco y miedo. Y si una, además, como Judita Maltazar, está inscrita, en cambio, en la escuela opuesta, la cosa se hace intolerable.
- Puedo comprenderlo. ¿Qué hizo ella?
- Tiró la lata de sardina sabierta por la mitad a la cara de uno de los tras gemelos, con la izquierda, y tqambién a mano libre, son carabina, tenía una punteria implacable, y le dio a uno de los brioschi en pleno rostro llenándoles los ojos de sardinas, mientras que con la dlerecha, agarró de debajo del catre que utilizaba para dormir una de las botas que usaba en la pista para espolear al caballo yapuntó a la cara de otro Brioschi, pero con la derecha, por desgracia, no era habíl, falló el tiro y el tercero le tapó la boca con su puerco pañuelo. Y luego, ya se sabe. Pero además las golpearon y, habiendo encontrado un bote de minio, le pintaron todo el cuerpo con esa pintura de color rojo naranja, con el peligro de que se muriese si ella, con la pocas fuerzas que le quedabanb no se hubiese limpiado inmediatamente como pudo, apenas ellos se hubieron ido.
¿Cómo has sabido todos estos pormenores?
- Porque ella, a la mañana siguiente, se lo contó a todo al director del cierco.
- Pero tenía que haber ido a la policía, y no al director del circo.
no, ella le dijo al director que era inútil ir a la policía. Que no quería. Deseaba simplemnte volversea su casa, es decir, a Berlín. Después de lo que le había sucedido, no pod´ria trabajar durante mucho tiempo.
- Es comprensible. Y aquí nos hallamos en el quid de la cosa, ¿verdad?
- Exacto. Ella subió a su viejo Alfa con la roulotte detrás; a su lado t enía la Garand cargada, y esta vez no con balas de goma, sino auténticas iete sesenta y dos, y bajo el asiento llevaba diez cajas cada una de las cuales contenía cuarenta proyectiles del siete sesenta y dos. Puede disparar durante unmes entero más de quince balas al día, y para ella son suficientes, porque donde pone el ojo pone la bala.
- Pero ¿dónde se ha proporcionado esos cargadores?
- La policía dice que en Berlín Este.
- ¿Y qué hace con ellos?.
- Redondea el sueldo. Ella, con el cierco, recorre toda Europa, incluso la orienta, y en los circos hay quien contrabandea máquinas fotográficas, medias incluso dorgas, y ella con la excusa de su Garand, contrabandeaba cargadores. Siempre shay gente 2que quiere tirar tiros. ¡Ah¡, olvidé decirte una cosa.
- ¿Qué cosa?
- Que en su ejercicio, en el cierco disparaba con una mano sola; apoyaba en la cadera o el pecho la culata de la Garand y disparaba. Con la otra mano se sujetaba sobre el cabao o tiraba el gorro de piel por los aires. Procura comprenderlo.
- Lo he comprendido, porque ya me lo has dicho, Garanda con una mano sola y de tal modo que siempres daba en el blanco. Piensa que hay hombres que agarran la Garanda con las dos manos, apoyando la culata en el hombro, pero que alguna vez tiemblan al ptente retroceso del arma y por eso no aciertan nada.
- Bueno. ¿Quieres decir que sólo esa alemana puede hacer algo semejante?
- Sí, sólo esa alemana.
- Y entonces ella se paró ante el café de la plaza con su Alfa y su roulotte.
- No, no se paró. No lo has entendido. Ella, antes de lelgar a la plaza, comenzó a tocar dessperadamente el claxón, de manera que todos salieron de las casas y de las tiendas, y todos se asomaron a las ventanas. Gorgonzola es una pequeña ciudad curiosa, y así, del café de la plaza, donde en los primeros tiempos iba ella a tomarse su capuchino ( a los alemanes les gusta el "capuchino" con mucha espuma y encima chocolate en polvo), salieron todos los clientes, y en la primera dfila los tres hermnos Brioschi, y entonces Judita Malzer, todavía con alguans huellas de minio en la cara, apretó el acelerador; con la mano derecha sujetaba el volante y pasó por delante del café como un Ferrari que está lanzado, con la roulotte que amenzaba volcar, y con la izquierda sacó por la ventanilla la Garand, como si se encontrase sobre su caballo blanco con manchas negras y gritase: "Señoras y señores, espero que la canción les guste", disparó un tiro tras otro y uno t ras otro se cargó, como si fuesen los farolillos de colores que las chicas en dos piezas sotenían en el cierco, se cargó a los tres gemelos Brioschi, acertándoels a los tres, irremediablemente, casi en el centro de la cara. Solamente a ellos.
- Y los mató.
- Sería difícil encontrar muertos más muertos.
- Pero ¿cómo logró escapar?
- Gorgonzola es una ciudad tranquila. Ella, sin dejar de conducir a toda velocidad, comenzó a disparar al ire para asutar a la gente. Las calles de quedaron vacias. Un animoso guardia saltó a unc coche que pasaba y ordenó al achófer que siguera a la roulotte, y éste, voluntarioso y valiente, echó a correr tras la roulotte, pero al poco rato la roulotte se detuvo, Judita Malzer se asomó con su carabina por la ventanilla del Alfa, disparó al chófer y al guardia y partió.
- ¿Muertos? ¿Los dos?
- Los dos. Fueron cinco muertos en diez segundos. El tigre se había desencadenado. También lo ha dichdo el médico que la curó.
-¿Qué médico?
- Desaparecida de la zona de Gorgonzola, al poco rato dejó el Alfa con la roulotte en el camino de herradura donde lo encontraron esta mañana. Robó un coche en las afueras de Lodi y de allí llegó a Crema.

Entonces buscó un médico. Subió a su casa con la carabina envuelta en un pequeño plaid y a solas con él se hizo curar. Tenía una fuert e hemorrqagia, digámoslo así, íntima. Se lo contó todo y le dijo que sí la denunciaba antes de veiticuatro hora volvería para matarlo.

-¿Qué le dijo el médico?
- Dijo que habían hecho en ella una cernicería y que con aquella hemorragía no podría resistir ni medio día. Luego le dijo que sin duda se había vuelto completamente loca a causa de lo que le había sucedido. El médico, paternalmente, le aconsejó que se entragara a la policía y ella asintío. "Primero he de ir a Austria a ver a una amiga mía" Dijo, no obstante. "No conseguirá lelgar a Austría, la detendrán antes, piense con sensatez", le aconsejó el médico. Pero ella le enseñó la Garand. "Con esto llego adonde quiero", dijo el médico.
Pero el médico telefoneó a la policía, no esperó las venticuatro horas, ¿verdad?
- Así es. Telefoneó en seguida: no esperó las venticuatro horas, como ella le había dicho. Y esto estuvo mal.
- Dime, ¿por qué, estuvo mal?

Entonces el cansado, gordinflón,vejet e y fláccido periodista que durante cuarenta y ocho hora, minuto a minuto, seguía la story de la alemana, uno de esos periodistas que no escriben casi nunca, pero que recogen noticias, rumores,roban fotografías, están apsotados durante medias jornadas enteras ante una casa, o hacen la corte a una camarera cuarentona que huele a jabón de tocador con prefuem de violeta - fijaos, de violeta - para saber algo sobres sus amor, el cansado periodista se levantó. Su voz sonó baja y amarga.