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La Coctelera

Perfiles de Mujer. Roberto Rioja

Entre otras Carmen Rigalt. Carmen Kurtz.Marisol. Rocio Durcal.Nati Mistral. Pitita Ridruejo.Cecilia. etc, etc, etc,

18 Agosto 2006

Milán, calibre 9. Giorgio Scerbanenco.

Estación central matar inmediatamente.

Era un miércoles por la tarde, y eran casi las cuatro de aquella tórrida tarde de mediados de mayo, más cálido aún que el verano, y él sacó el revólver de la cartera de piel que tenía bajo la almohada, se lo metió en el bolsillo de los pantalones - así, sencillamente -, salió de la habitación número 14 del hotelito próximo a la plaza del duque d Aosta y, tranquilo, dominador, con aquel cuerpo poderoso, bajo el bochorno y el polen que volaba por el aire haciéndolo toda vía más irrespirable, llegó a la Estación Central.
La estación Central de Milán es de suyo un planeta: es como una reserva de piles rojas en medio de la ciudad. A él le gustaba. Iba allí cada semana desde hacia más de dos meses, subía en la escalera mecánica y llegaba a la galería superior. Compraba un par de periódicos y revistas, y luego se iba al fondo, al bar, y miraba de vez en cuando el reloj: la cita era a las cuatro cuarenta, hora de llegada del tren procendente de Ginebra.
También hizo lo mismo aquel miércoles: subió en la escalera mecánica y apenas hubo llegado a la galeria superior, se fue al quiosco, tomó un diario de la tarde y, tranquilo, dominador, lleyendo los últimos acontecimientos de Grecia y la última hazaña no lograda de un coche que quiso adelantar a otro, con siete, 7, muertos, entró en el bar al fondo de la galeria y pidió un "gingerino" porque cuando trabajaba, cuando estaba de servicio, era abstemio.
- Qué no esté helado - explicó, porque le desagradaba las bebidas heladas.
Y miró en torno suyo
Aunque afuera, en plena tarde, hacía un sol de justicia, allí, en aquel bar, había suempre aire nocturno; todasa la luces estaban encendidas. Allí podían uno estar varias horas, a medianoche, a mediodía, al alba, al crepúsculo, siempre había el mismo clima de local nocturno: lleno el mostrador de los bocadillos y tostadas, lleno también el mostrdor del bar de personas sedientas y apresuradas que se precipitaban allí a beber. Ocupadas todas las meses por gente que esperaba: esperaba muchas cosas, uno un tren, otros un amigo, quien un mediador para levar a cabo un negocio, quien una chica que trabaja pera él en los cercanos hotelitos.
También había policías. Él. Domenico Barone, reconoció fácilmente a dos: uno fuera del bar, que deseaba aparentar un inofensivo e inocente emigrado del Sur, pero a quien le traicionaba la hinchazón de la parte derecha de su chaqueta ceñida, hinchazón debida a una Beretta de reglamento. El otro estaba dentro del bar y hablaba con una señora de edad que le había pregundato dónde podía encontrar un hospedaje económico para una noche. La viejecita debería de tener unos setenta años y el policía la condujo fuera del bar y la llevó hasta la oficina de información. Le vio desaparecer en tre la multitud.
Bueno. Eso de que hubiera mucha gente estaba muy bien. Cuanta más hubiese, mejor. Bebiendo el "gingerino" siguió leyendo el periódico y mirando el reloj. A las cuatro cuarente leyó que un anciano del ochenta y nueve años se había suicidado arroajándose desde un quinto piso. "Podía haber esperado un poco- pensó él, Domenico Baarone - y se hubiese envitado el trabajo de encarmarse en el balcón". Todo el mundo era demasiado impaciente. A las cuatro cuarenta y cinco vio entrar solo al policía que había acompañado a la viejecita a la oficina de información. A las cuatro cuarenta y seis lleyó, pero muy por encima, que se había reanudado la huelga de los sepultureros. A las cuatro cuarenta y nueve miró por un momento a una muchacha con pantalones y chaqueta de colornaranuas, con una maleta de color turquesa y atodos los relieves anatómicos perfecha y visiblement en su sitio.
A las cuatro cincuenta y uno siguió, de soslayo, al policía que atravesaba la sala, echando rápidas y profesionales ojeadas a todos, y también a él, pero a él los policias no le daban miedo. Eran buenos chicos, y por princiio nunca eran lso primeros en disparar, todo lo más solataban aulguna bofetada si lo detenía a uno, pero los pobrecillos no debían detener a muchos porque nunca conseguían detenerlos a todos, y los que se quedan fuera son siempre los perores. El policia le pasó delante y lo miró como si le desnudase con la mirada el alma y el cuerpo, y luego se fue. Al parecer tenía un aspecto bastante bueno. Incluso los lentes (de simple cristal porque veían muy bien) le dabann el aspecto de un empleado improtante, capataz de una gran indusltria.
A las cuatro cincuent a y siete vió al amigo: aqulla vez el tren de Ginebra había lelgado con retraso, y él venía con su inocente maletita cuadrdad de metal, su cuerpo flaco yun pco encorlvado, la cara huesuda y brillenta de sudor. Lo vio dirigierse a la caja, mientrqas fingía leer el periódico y, como otras veces, acercarse luego a la barra, pedir un café, dejar la maletita en el suelo, y todo sin mirar en torno suyo, muy bien como si no se conocieran, como si no se hubiesen visto nunca ni hubieran oído hablar uno del otro. En cambio, lo h a´bi avisto muy bien.

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reserva de pieles rojas en medio de la ciudad.
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miguel nieto

miguel nieto dijo

Aunque afuera, en plena tarde, hacía un sol de justicia, allí, en aquel bar, había suempre aire nocturno; todasa la luces estaban encendidas. Allí podían uno estar varias horas, a medianoche, a mediodía, al alba, al crepúsculo, siempre había el mismo clima de local nocturno: lleno el mostrador de los bocadillos y tostadas, lleno también el mostrdor del bar de personas sedientas y apresuradas que se precipitaban allí a beber. Ocupadas todas las meses por gente que esperaba: esperaba muchas cosas, uno un tren, otros un amigo, quien un mediador para levar a cabo un negocio, quien una chica que trabaja pera él en los cercanos hotelitos.

30 Abril 2007 | 07:34 PM

miguel nieto

miguel nieto dijo

lleno el mostrador de los bocadillos y tostadas

30 Abril 2007 | 07:35 PM

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Perfiles de Mujer. Roberto Rioja

La Coruña, España
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Vivó en la ciudad en la que nací, ya hace 51 años, que sin ser mucho tampoco es una pijada. Muchos días de mi vida han sido mejores que los de la mayoría de la gente, aunque hay gente que nunca es introvertida, ( algo así, como decir que no es religiosa, sociable, amable,, et, y es que hay gente muy rara, hay gente que desde siempre lo sabemos es pobre, o envidiosa, o incluso, mala ¿porque?, nadie los sabe y nadie lo quiere saber), y por lo tanto la gente debería, observarse más, y reconocer que eso que ellos son, es algo que vale poco, que se sale de lo normal, y por lo tanto no llega al cincuenta por ciento. Yo creo que en mi vida hay más días buenos que malos, y yo procuro seguir el mismo principio, que no es una cuestión explicita, sino moralmente buena, procuro estar al nivel de mis días buenos, .... etc, etc, En mi cincunta por ciento de día bueno, espero tener un acierto y mi conducta moral, y legal, y humana ser lo suficiente bueno para que sea como el cincuenta porciento restante.

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