Introducción.
La mujer de la ventana.
Cierra los ojos
- ¿Así?
- No, más fuerte.
- Vale.
- Y ahora dime, ¿qué ves?
Toda la habitación está oscura; la voz que pregunta en voz baja es la de un niño moreno de nueve o diez años, y soy yo la que respondo con la misma edad.
- Veo una ventana. Hay una mujer vestida de negro que tiene la frente apoyada en el cristal y mira la calle, una calle muy larga con faroles.
El priemr recuerdo que tengo de ese juego está disuelto en el vaho del invierno de 1970, en un pueblo del interior de Galicia, un día en que el temporal derribó los postes del tendido eléctrico y hubo que suspender la sesión de cine. Mi primo Fico y yo permenecimos mucho tiempo allí, por si acso aún se arreglaba la avería, inmóviles antes aquel edificio de dos planta medio desconchado, mirando la cartelera de la vitrina, con las trencas azul marino abrochadas hasta el último botón el rostro medio cubierto por una bufanda de lana y las manos hundidas en lso bolsillos apretando la moneda de cinco duros que nos habían dado en casa paa la entreda. Pero no dejó de llover. Llovía osbre los tejados muy inclinado, en la plaza, entre la stapias de los corrales, junto a la iglesia, por las fachadas de piedra de los comercios la mercería, la panadería Altamira, los cocheras de los autobuses de líneas, el bar de Catro, y más lejos aún, en la carretera que se desdibujaba en las afueras había el lavadero y el cerro de la sfuentes de donde venía un viento grisado que era el mismo que soplaba en aquel acantilado lleno de pájaros que veíamos en los fotogramas de la película, como si ambos espacios estuvieran comunicados por un plano de inclinación máxima.
Olía a brasero y a humo de cocina de leña y a frío húmedo de febrero cuando regrasamo a casa ya oscureciendo, cansado de esperar, desencantados, sin haber podido ver la película: fotogramas perdidos o velados, como en negro, zonas de sombra.
Esa noche, con la cabez escondida debajo d ela mantas para no oír la vibración del viento del Norte en la tejas, nació la imagen de la mujer de la ventana. No era una imagen aislada ni estática porque ella escribía algo en el rectángulo empañado de la vidriera, una palabra, y miraba con nerviosismo hacía un extremo de la calla, impacientándose. Tampoco se trataba de un cuento como los que nos contábamos en otras ocasiones, porque esta vez la visual era el principal sentido. La melena rubia sobre el jersey negro, el rojo furioso de la barra de labios, los dedos tan rápidos escribiendo, una luz tenue como de lienterna ilumináda desde atrás: todo parecía tratar de decir algo. Lo decía.
Aquel fue el comienzo de un hábito que se repetiría otras muchas noches con igual fascianción. Si lo pienso ahora me parece que ese juego infantil no era algo reñido con la vida, Su suplantación o reempalzo , sino la propia sustancia de la vida en lo que esta tiene de representención. Porque al contar historias en imágenes se puede hablar de situaciones y emociones para las que no son suficientes las palabras, bien porque aún no tienen un nombre preciso qu elas designe o quizá porque todavía no las hemos nombrado nunca y por eso no lo conocemos. Lo fascienante del ciene s como toda un secuencia verbal descriptiva de una página , se resuelve con un plano. Por ejemplo, cuando la muer apoya la frente en el cristal y empieza a escsribir en el vahó, nadie la está describiendo, ni pensando por ella o a través de ella, como ocuerre en los relatos y en las novelas, sino que simplemente la mujer hace eso, escribe una palabra y mira la calle, una calle larga con faroles amarillos. La estoy viendo, en ese gesto; la frente alta, los dedos largos... no lo elstoy contando. Es distinto. Cada movimiento adquiere su significado dentro del conjunto. Tal vez es eso lo que hace que la escena provoque por sí misma un sentimiento de inminencia, de que algo va a pasar o acaba de pasar a nuestras espaldas. Recuedo perfect ament etodas la sensaciones como si algún foco de la memoria iluminara un trozo de cinta y lo proyect ara luego nítidamente en mi mente como en una pantalla. La voz lejana y distante que me llama desde la otra cama resuena en mis oídos fundida con el rescoldo azulado de la llama de la estufa y el sonido de la lluvía desaguando por los canalones.
-Susana... Sisana, ¿te has domido ya?
-No. Aún estoy depoier ta.
- Venga, sigue contándome. ¿Qué pasa después?
Durante mucho tiempo el cine bebió de la literatura, se inspiró en ella, pero creo que la filmación como fórmula narrativa ha llegado a un punto de madurez que permiete perfectamente invertir la situación. Igual que en el mundo de la pintura la irrupción de la fotografía supuso el fin del realismo, porque la representación fiel de la realidad deja de tener sentido al poder ser capatada hasta en los más mínimos detalles a través de una cámara, también en el ámbito literario la figura del narrador omnisciente, por ejemplo, se va quedando como un vestigio decimonónico.
...............................................................................
...............................................................................
Bueno, dos aspectos de está narración. La narración en primera persona de Susan, hablando de como ella y su primo se quedan sin ver la pelícuala una tarde de una lejana tarde de invierno de domingo se supone por causa de la lluvía, en Orense su pueblo natal, y eso ocurre por falta de luz. ...........Al volver a casa, y meterse en la cama comienza una reflexión sobre el cine ...... la pintura, el realismo, la fotografía, la liateratura, etec, etc, etc, otro día será.......
De cualquier forma la trenca azul, con botones, abrochados hasta arriba, etc, etc, la lluvía, una bufanda de lana, bolsillos en los que meter las manos, las cocheras de autobuses, la panadería, acantilado lleno de pájaros , niño moreno, mujer vestida de negro, calle muy larga con faroles. etc. etc.

Escribe un comentario
Los comentarios están cerrados